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Varas engalanadas de flores, la música anunciando la procesión por la cuesta. En la casa -allí vuelvo a ser una niña con el corazón bailando, aferrada a los barrotes del balcón, con los ojos fijos en el final de la cuesta-, la expectación que se repite todos los años cuando asoma el resucitado en el tramo final del Pizarro, cuando pisa la plaza y repican las Marinas su alegría desde la clausura. Dios, su Dios Vivo siempre, ha resucitado un año más al pie de los tilos.
 Y suenan las mismas músicas en la joven banda de Petit, la Banda de Zamora, que se ha pateado las calles en los días de la Pasión y la muerte, y que no quiere perderse ahora la mañana del gozo, la de los churros y el aguardiente, la de la primera jota en el patio de casa, la de la procesión ordenada en su desorden, la de la romería primera, porque no hay procesión última.
 Después, el rito que se repite al pasar el arco, y la reverencia a las clarisas del Tránsito y a su Virgen Dormida en la ciudad dormida. A la espalda, la iglesia de la Magdalena. Una nueva reverencia, más emocionada si cabe, más con el recuerdo hacia las monjitas que se llevaron lejos de Zamora, donde tenían su casa centenaria. Las queridas Siervas de María que la falta de vocaciones hizo que nos arrancaran para reagruparlas en otras casas. Esas monjas que vestían de blanco y que eran como una luz en las largas noches de los hospitales. Esas monjas que vestían de negro cuando llegaba el día, y que venían hasta nuestra casa para convertir sus balcones en un palco de privilegio cuando llegaba su Dios, nuestro Dios Resucitado. El Esposo, el Amigo, el Amante, y emocionarse a solas con su fe inquebrantable, con la certeza de que el amor todo lo puede, incluso levantar al Crucificado de entre los muertos.
Atrás quedaba el silencio, el dolor del Sepulcro, las lágrimas sobre la losa, la putrefacción de la carne. Atrás el vacío de la muerte, la pena y el desconsuelo de los que no creyeron. Atrás las espinas, los azotes, la sangre y el tormento.
 No conozco el cortejo de la Virgen; desde niña, siempre gocé de el privilegio de que en la mañana de la Resurrección fuese el mismo Jesús quien llamase con los nudillos a la ventana de mi dormitorio para despertarme, para decirme desde su mesa adornada con flores rojas “Ven y sígueme”. Por eso la Resurrección siempre será mi procesión, como lo es La Congregación a la que no pertenezco, aunque a muchos la ausencia de hábito les provoque un vacío. A mi no. La celebración no requiere más que la ropa de la fiesta, la ropa de domingo, la ropa de color, el gusto de cada uno, hasta formar ese cortejo variopinto que aderezan las lilas y las rosas, las margaritas, los lazos, los banderines de terciopelo, las varas plateadas, las medallas de cordón rojo, la anarquía de las filas.
 Nunca subí por el Piñedo. Pero conozco la emoción que nos embarga a “los del Cristo” cuando vemos llegar a la Virgen a la Plaza Mayor y estallan las salvas, las reverencias y los aplausos. Cuando la Madre de los brazos abiertos se desprende del manto negro, el resquicio último de los días de luto vividos por las calles. Ella llega con Thalberg y vuelve con “La Pilarica”, esta vez en clave zamorana con la Banda “Maestro Nacor Blanco”. Llega con el corazón encogido y desciende por Balborraz con las manos llenas, con la sonrisa en los labios, con la inmensa alegría del encuentro en su corazón. Llega con sus cofrades y baja la cuesta escoltada por los del Hijo, con los dos cortejos fundidos en uno, haciendo verdad la hermandad, el sentido único de esta cofradía con dos procesiones y un solo destino: guardar, clausurar definitivamente una Semana Santa cuando las puertas de La Horta se cierran, cuando las varas que estaban alzadas descienden a la tierra, cuando se apaga la última nota, el último acorde del Himno Nacional.
 En la calle se desbordan las emociones. Y nos abrazamos, y nos deseamos salud para el año próximo. Y parece que se nos echa encima todo el cansancio en el cuerpo, como si sobre las espaldas llevásemos la condena del penitente que no ha dormido en una semana. Y emprendemos la vuelta a casa en silencio, siguiendo el rastro de la cera aún pegada a los adoquines. Y visitamos el camposanto para depositar las flores que adornaron los pasos. Y se nos viene un vacío tremendo al estómago, un vacío que no llena ningún dos y pingada. Y después sonreímos para nosotros, hacia adentro. Nos damos cuenta entonces de que acaba de comenzar la Semana Santa del año que viene, de que ya falta menos para cruzar el río e iniciar de la mano del Nazareno una nueva Pasión.
Ana Pedrero Rojo | Fotos: José A. Pascual y Javier García 
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