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Tarde desangelada y fría, sólo arropada por las túnicas de terciopelo. Las túnicas de procesión y mortaja, sobre los altares de carne y hueso, los hombres zamoranos que la visten y que perpetúan una tradición de siglos, de padres a hijos, de abuelos a nietos. La Vera Cruz estaba en la calle. Delante, tras el sonido del barandales y el pendón, la Cruz. La madera desnuda, los brazos vacíos, la caricia del sudario. Tarde de Jueves Santo, revuelo en el Museo, bullicio en las calles, estación en la Catedral. La tarde de “La Cruz”, de “Getsemaní”, de “Cordero de Dios”. Y las escenas de la Pasión de Cristo, una a una, sostenidas sobre el esfuerzo de los cargadores, elevándose sobre los caperuces morados, sobre las hileras moradas de cofrades que mantienen viva la cofradía más antigua, la que en otro tiempo fue de disciplina y penitencia.
 Es la última tarde, la última cena. El último pan, el último vino. Cristo le lava los pies a los suyos. Y comparte la mesa, la vigilia, la tensa espera del canto del gallo, del miedo del amigo. Es hoy, en esta tarde, cuando brotan olivos sobre una mesa, recreando un huerto para la oración y el desconsuelo; un espacio para la soledad del Hombre que reza rodilla en tierra, que aguarda y bebe del amargo cáliz de la voluntad del Padre. Mansamente; así como bebe Zamora de las voluntades ajenas, aunque sea para crucificarse en su pobreza.
Cristo es delatado con el beso de veneno y culpa, con la traición desde los labios a las mejillas. Por un beso os digo: éste es, prendedle como un delincuente. Azotado sin piedad por el Calvito, el Zurriago y el Cascarrias, los tres sayones malos con cara de malos. Proclamado reo de muerte, coronado con espinas para la mofa y el escarnio, con la mirada mansa y humilde a la que le obliga su condición de Cordero y Salvador. Aquí está el hombre, Ecce Homo de carnes doloridas, con claveles rojos a sus pies como gotas de sangre, como rastros del tormento. Claveles teñidos de la sangre que purificará al mundo.
 Es tarde de Jueves Santo. Tarde de Cristo Nazareno, del Jesús barroco con la Cruz de escopeta al hombro, mientras la Madre, Virgen hoy de luto y dolores, le sigue de cerca con los brazos abiertos, por si pudiese aliviar al Hijo en la hora de cargar con la Cruz.
Todo esto ocurre en la tarde del Jueves Santo en Zamora. Y miles de miradas bajo los caperuces. Y miles de miradas en las aceras. Y miles de presencias en la Catedral y sus alrededores, esperando la estación y el abrazo, la comunión profana de las familias en torno a una mesa en la calle. Y el presagio de la noche, el gentío en el Museo, la última luz cosida al manto de la Madre, la oscuridad a las puertas, la música que no cesa, el pasito corto y reposado, la despedida de las calles hasta que se cumpla un nuevo año.
 Es la tarde de la Cruz en vertical, la Cruz alzada esperando al reo. La Cruz que perfuma las calles de devoción, el signo primero, el signo último, la esperanza del cristiano, la verdad al desnudo. La bandera eterna de la salvación, la señal de la muerte y de la victoria. Cruz que nos une por encima de las distancias, que nos hermana y nos acerca. Madera bendita que nos hace fuertes; que nos da la fe, que mantiene abierta siempre una puerta entre miles de puertas cerradas. Siempre esperando, siempre abrazando, siempre en pie. Cruz verdadera de amor en el que inmolarnos.
Ana Pedrero Rojo 
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