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Una a una, desfilaron las cruces de Coomonte, así como el pequeño cofrade que, agarrado a la mano de su padre, portaba colgada al cuello la cruz de raíces de membrillo, distinción que le corresponde al hermano de menor edad.
Mucha, muchísima gente en las aceras para ser una tarde de Lunes, especialmente en los tramos del Riego y de la Plaza Mayor, donde un grupo de hermanos interpretó, durante la oración por los fallecidos, “La Muerte no es el Final”, que sonó más emotivo y mejor integrado en la procesión que el pasado año, sin voces femeninas, aunque en ocasiones hubo fallos en la megafonía.
 La tarde era especial. Cumplía medio siglo por las calles “La Despedida”, el grupo de Pérez Comendador. El paso, mi paso desde siempre. La madera hecha ternura, la última caricia entre la Madre y el Hijo. La dulzura, la pena, el diálogo de la mirada al pie de un jardín de rosas amarillas, siempre amarillas por otra despedida, por una ausencia. La mano que no volverá a tocar la otra mano, los labios entreabiertos que no darán más besos. El abrazo que ya no se dará.
La tarde era especial, sobrevolaba el luto sobre las blancas capas. Faltaba también Ramón. El escultor, el genial artista de la calle Sacramento. Y era como si la Virgen de la Amargura, ese “espejo de Piedad” que decía este mismo domingo el Pedro pregonero, anduviese buscándole por el aire, en el bronce y en la piedra –Ramón, el novio eterno de las piedras-, con la mano alzada a los cielos, con la amargura a cuestas, con la orfandad recién estrenada, con flores blancas bajo sus pies.
 Unos pasitos por delante vimos pasar a Dios Caído, con claveles rojos y lirios morados brotados en la tierra donde hinca su rodilla bajo el peso de la Cruz. Ese Dios de impresionante belleza, ese Dios que ensancha las calles con su mirada puesta en los cielos, con la tensión del esfuerzo de abrazar el madero y no poder sostenerse en pie. Ese Dios al que le rezan los lazarinos en una de las tardes grandes que vive el barrio. Ese barrio de Águedas y Yermo que suspira por ver a su Jesús de nuevo en el templo, cerca de ellos, recibiendo todo el año sus plegarias.
Sonaban ya, hoy sí, las marchas que en esta semana volarán por el aire, por los rincones, por los balcones, recordándonos con sus pentagramas que estamos en los días fúnebres de la Pasión. “Mater Mea” en la plaza, como una sinfonía, mientras los tres pasos bailaban de forma conjunta. “Los Clavos” en la puerta del Museo, para despedir al Jesús antes de tributarle honores con el himno nacional; “El Novio de la Muerte” con la Virgen de la Amargura, que nos dice adiós a los zamoranos desde los destellos rojos de su manto, desde el desconsuelo de un pañuelo que no empapan las lágrimas, si nuestras Vírgenes lloran hacia adentro.
 Después, los portones del Museo se cierran tras Ella y cuando se abren, la Plaza de Santa María la Nueva es un batiburrillo de cofrades y no cofrades, de cargadores y sus familias, de curiosos, de hermanos que tienen en el coche la cogulla monacal para la siguiente procesión; o de adolescentes enamoradas que esperan un clavel, un lirio, una rosa, de manos de quienes se lo han ganado arrimando el hombro bajo la mesa, llevando por las calles a Cristo y su Madre.
Así está escrito, así está cumplido y así os lo contamos.
Ana Pedrero Rojo 
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