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Numeroso público se agolpaba en las inmediaciones de la iglesia, de donde partió el cortejo con una seria amenaza de lluvia. Quizá por eso los zamoranos prefirieron verlo allí, en el inicio del desfile, arropados unos contra otros, y la densidad de público fue a menos en varios puntos del recorrido. Hacía frío. Entre las filas de hermanos, cumplía 30 años el campanil procesional, que presta el signo indeleble a la noche del bronce y el lamento, así pasen los años. Y un poco más allá, el incensario, el rastro de lo sagrado, perfumando el camino, profanando el aire que cortaba la cara resucitando el invierno; la noche desapacible que se fue atemperando mientras el Crucificado retornaba a su casa humilde y atravesaba, pasadas la una y media de la madrugada, el arco de la pequeña puerta, haciendo de algo tan sencillo un ejercicio casi de ensamblaje y se repetía el rito, la maniobra de devolverlo a su templico. “A la de tres, lo que yo diga: primero a la horquilla. Después al brazo. Agacháos; cuidado ahí con el brazo…despacio… estamos dentro”. Y se iluminaban de pronto los rincones de la casa de Dios; la casa pequeña entre las casas bajas. La casa consagrada, al final de la Cuesta, a mano derecha, mientras sus piedras custodiaban un último “Cruz Fidelis”, una última ofrenda de música y salmodia a los pies del Crucificado.
 Otra cuesta, la del Mercadillo, marcaba el camino por las rúas y calles estrechas que desembocan en la Catedral. Allí, tuvo lugar el acto penitencial y la interpretación de “Christus Factus est”, el cántico y el rezo, la ofrenda. Antes, la soledad del Troncoso, la estrechez de las calles y sus vericuetos, el abrazo desde la Cruz. El aire insolente, los cirios del paso apagados. Los tambores destemplados, las carracas vociferando arrepentimientos desde la madera. Una mujer, Pepa, vestida de luto y orgullo, siempre unos pasitos por detrás de su Cristo, al que pone a punto cada Viernes de Dolores para subir a la Zamora alta, la de las casas señoriales que conservan la Rúa y sus aledaños. Y una paloma, cientos de palomas, anidadas en el pecho de los penitentes.
Un cortejo de faroles a ras de suelo descendiendo por el Arco del Obispo, el cielo queriendo pintear y conteniéndose a la vez. El regreso casi en solitario, la mística y el recogimiento de la penitencia en estado puro. Y el silencio de la madrugada sobrevolando las cogullas de lana blanca.
 El Cristo del Espíritu Santo cumplió procesión en la noche de los Dolores y de los cardos. Despertará hoy ya devuelto a su altar de pared y siglos, enmarcado en la perfecta austeridad de la piedra románica. Como si la forja de candelabros, los cirios y el silencio fuesen tiempo pasado. Un sueño de rostros; el rostro mismo de esta ciudad con el frío calando los huesos. Esta ciudad que anoche abría la puerta de la penitencia, el milagro de la Pasión.
Ana Pedrero Rojo 
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