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 Las calles en completa oscuridad –demasiada oscuridad, que impide incluso contemplar los picados artesanales de las capas alistanas- y el gentío típico de cada Miércoles Santo en las aceras, a pesar del frío, intenso, y de la humedad. No eran aún las once de la noche, y ya había gente apostada en el arco de San Ildefonso para coger sitio en uno de los puntos que mayor número de espectadores concita cada año. El Cristo del Amparo reclamaba a su paso silencio y respeto, portado a hombros por los hermanos, anclado sobre un calvario de cardos con la calavera a sus pies. El Cristo de Olivares, precedido por el lamento del bombardino y por las matracas rompiendo la noche, encogiendo el corazón de quienes contemplan su paso desde la acera.
 En la Plaza de San Ildefonso tuvo lugar el tradicional rezo del Vía Crucis, al paso del cortejo, que termina proclamando la victoria de la vida sobre la muerte. Creemos y esperamos. Allí, en Fray Diego de Deza, también la música, que es la palabra de Dios según el hombre. Los Gustavos, Pedro y Álvaro, trasladando la plegaria a los instrumentos, invitando a la meditación desde la belleza de la música. Después, el paso del hombro al brazo, a pulso, para atravesar el arco y dirigirse hacia la Catedral para llegar al arco del Obispo, otro de los puntos que concita a numeroso público. Pese a que la noche no invitaba a estar en la calle, los zamoranos y quienes ya visitan la ciudad respondieron a la llamada de Cristo en la Cruz. Flashes y móviles en alto (estamos en la era digital), quien más y quien menos luchaba por inmortalizar las impresionantes figuras de los penitentes arropados en el paño pardo alistano, el rostro sereno del Cristo, un Cristo dulce sin apenas expresión de dolor, o la estampa del Bombardino, Eduardo, como un lamento por la ciudad que iniciara hace muchos años Agustín.
 Ya de regreso, la Plaza de San Claudio aparecía abarrotada de gentes, que esperaban ver aparecer el pendón guía para guardar silencio y escuchar la despedida que cada año tributa Zamora al Cristo de los humildes, al Cristo rural, al Cristo del Duero. Allí, ante el cruceiro, con el coro apostado en las puertas del templo románico, los hombres de Zamora despidieron al Crucificado con la salmodia del latín al castellano, con el miserere según la manera de Aliste que aún cantan hombres y mujeres en los oficios de la Pasión ( ‘Ten mi Dios, mi bien, mi amor, misericordia de mi/ ya me ves postrado a Ti con penitente dolor’), la petición del perdón en la lengua llana de los limpios de corazón. La madrugada pedía paso y Zamora se iba a la cama con los pies ateridos y la emoción a flor de piel. Creyendo. Esperando.
Ana Pedro Rojo / Fotos : Álvaro J. García , Horacio Navas. 
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