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A las ocho y cuarto, puntual, se puso en marcha en el templo mayor la procesión, que abría la banda de cornetas y tambores de la cofradía. A lo lejos, por la Rúa, su sonido metálico y el redoblante, mezclado con las esquilas del Barandales, convocaba a los zamoranos a la procesión. Y los zamoranos respondieron, con numeroso público en las aceras, a pesar de que el frío se hacía palpable conforme avanzaba la hora y caía la noche. Abriendo fila, en la izquierda, un hermano impedido que nunca falta a su cita con el Mozo. Y niños, muchos niños, junto al Nazareno y junto a Ella, la Madre, la Virgen de la Esperanza, que avanzaba cadenciosa y elegante tras el Hijo, ya con la Cruz sobre el hombro. Hace nada, lo acompañaban de paisano por las calles. Ayer muchos estrenaron su primera túnica, incluso dormidos en los brazos de sus padres. Ellos son el futuro, ellos son el relevo.
 Acompañado por la Banda de Música Nacor Blanco, el Nazareno descendió hacia el puente de piedra, para regresar a la orilla izquierda del Duero, donde cada año comienza la Pasión en Zamora, cuando los sanfrontinos lo llevan hasta la Catedral. Ayer emprendía el camino de vuelta a casa, las estaciones del dolor más allá del puente. La Virgen de la Esperanza iba tras Él, mecida con los acordes fúnebres que interpretaba la Banda de Zamora. Y en el aire se mezclaban los acordes fúnebres que seguían el paso de la Virgen y de Cristo, ‘Nazareno de San Frontis’, ‘Esperanza de Zamora’, ‘La Cruz’, ‘Getsemaní’, ‘Los Clavos’… ahora sí; ahora Zamora ya sonaba a Semana Santa. Entre ambos, por la fila del medio, desfilaban las catorce estaciones del Vía Crucis, portadas por otros tantos hermanos.
 Una vez atravesado el puente, la Virgen se despedía de su Hijo para dirigirse al convento de Cabañales. Lo verá mañana por la tarde, ya Dolorosa, en el misterio de su Pasión. Lo verá el Viernes, ya muerto, en su regazo. Lo soñará el Sábado, al caer la tarde, en su Soledad. Y lo encontrará el Domingo, ya Resucitado, proclamando por las calles la victoria de la vida sobre la muerte. Ayer, desde la Esperanza, lo dejaba ir sólo por el camino del dolor, mientras bajo los caperuces se escuchaba el eco del rezo, junto al agua del Duero, cuando volvía a casa.
Faltaba un cuarto de hora para que el reloj diera la medianoche, para que las puertas de La Horta se abriesen para dar paso al Cristo de la Expiación.
Ana Pedrero Rojo / Fotos: Horacio Navas 
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