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 A las doce de la noche se abrían las puertas de San Vicente para dar paso a los penitentes que, bajo un cielo encapotado y con un silencio impresionante, salieron a la calle para acompañar en procesión al Cristo de la Buena Muerte. Delante, un pequeño Crucificado de Ricardo Flecha, réplica del titular. Después, la cruz vacía con los nombres de los fallecidos de la hermandad y más allá el pendón. Cerraba el cortejo el coro, precediendo a la imagen titular, que un año más hizo de la música oración con la calidad de sus voces y una interpretación más allá del simple cántico. Porque cuando ellos cantan, es como si en verdad sus gargantas apuntasen hacia el mismo Dios.

Zamora apenas pudo adivinar la belleza del Crucificado bajo los plásticos, que le fueron puestos en Balborraz para preservarlo de la fina lluvia que cayó en algunos tramos del desfile procesional. Ya en Santa Lucía, el ‘Oh, Jerusalem’ de Miguel Manzano resonó contra las piedras, como la plegaria que año tras año ofrece la ciudad a sus pies. El aire olía a cera e incienso, los pasos de los cofrades eran también silencio ofrecido en muchos pies desnudos, empapados en el suelo empapado. Las calles, con menos público del habitual, se ensanchaban al paso de la imagen, precedida por el coro, que iba desgranando las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz según las concibiera Enrique Satué, acompasando el ritmo de los bombos destemplados que marcan el paso de los cargadores.
 La comitiva emprendió entonces el camino de regreso, ascendiendo por la Cuesta de San Cipriano y la calle de las Doncellas, para recortar su itinerario por la Rúa de los Francos y la Plaza de Viriato y dirigirse hacia la Plaza Mayor, donde sonaron de nuevo las estrofas del ‘Oh, Jerusalem’ antes de reintegrarse en el templo de salida. Eran las dos menos cuarto de la madrugada cuando el primer cofrade ponía su pie en San Vicente, cuyas puertas se cerraron tras el paso del Cristo mientras los penitentes y el coro le despedían en la intimidad con el ‘Vexila Regis’.
Danos, Señor de la Buena Muerte, descanso eterno. Y brille la luz eterna por quienes un día rezaron ante tus pies cuando venga a nosotros tu Reino.
Ana Pedrero Rojo / Fotos: Álvaro J. García 
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