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 Los cofrades abandonaban la Catedral bordeando el atrio, mientras al fondo se vislumbraba ya al Mozo, preparado para emprender el camino de vuelta a casa con la Cruz a cuestas, con la mirada mansa y dulce que alimenta las devociones de la margen izquierda. Flores rojas y lirios morados perfumaban la senda del regreso, mecido por sus cargadores con la música de la Banda de Zamora.
 En los faroles, las llamas vivas sustituían a las bombillas, como plegarias encendidas aprisionadas entre cristales. En las filas, niños. Muchos niños. Los mismos que el domingo estrenaban palmas y primavera, caminaban junto al Nazareno vistiendo su caperuz nazareno, su escapulario nazareno sobre la túnica blanca. Anunciando, asegurando el futuro. Proclamando desde su pequeña estatura la continuidad de la Pasión según el pueblo.
 El aire, cada vez más frío, se detuvo para verla salir. La tarde enjugó las lágrimas en su pañuelo. La Virgen de la Esperanza caminaba un año más tras su Hijo, con paso elegante y cortito, andando despacio por las calles. Lili le mostraba el camino por última vez, con los ojos empañados de emoción y agradecimiento, por toda una vida pegado a su mesa, primero como cargador, hecho un chavalín; después como jefe de paso, haciendo de los banzos una escuela de cargadores, guiándola con mimo cada Martes y cada Jueves en los años en que escaseaban los cofrades, en los años en que los zamoranos se aprendían su rostro de Virgen sureña interpretada a la manera zamorana.
Ella, que lleva las manos abiertas, ya no puede acariciar al Hijo, y extiende su pañuelo de esperanza por la ciudad, que iba quedando a oscuras, que iba estrenando luna a su paso por las viejas rúas hasta llegar a Alfonso XII para descender por la cuesta hacia el río. La Banda del Maestro Nacor acompañaba su paso cadencioso con músicas brotadas del alma, sones zamoranos en la noche zamorana del Martes. Y la respiración contenida en el río, en la baranda llena de flores que lleva al puente. Y la vida que sigue, como el río. Que fluye como el agua. Que nunca pasa, que nunca queda.
 Allí, en la otra orilla, tuvo lugar la reverencia entre Madre e Hijo. La despedida, el camino de la Cruz en solitario por la orilla del Duero, la misma que le vio pasar en el crepúsculo del Jueves cuando subía a abrir las puertas de la Pasión. Era casi media noche. El Nazareno regresaba a su templo y dejaba sobre el agua, como un reflejo, las catorce estaciones, los catorce apeaderos, los catorce anclajes de la Cruz.
Ana Pedrero / Fotografías: José A. Pascual 
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