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Dos años pueden ser
nada, o todo. Y es que nos pasamos un año
entero esperando que el tiempo acompañe
para poder disfrutar en los desfiles procesionales,
y esperamos durante años que nos
toque el turno de formar parte de esta cofradía
o de aquella hermandad. Poco más
de una semana es el tiempo que ha transcurrido
desde que Zamora Cofrade vio la luz por
primera vez. En nuestra andadura, comenzamos
con unas pocas palabras que nos servirían
como declaración de intenciones.
Es entonces cuando hablamos de un equipo
joven, de coincidencias, de ilusión,
ilusión latente en estos momentos,
dando sus primeros pasos. Pero ante todo,
Zamora Cofrade nace con un gran objetivo:
ser el punto de encuentro de los semanasanteros.
Lograr una publicación por y para
ellos.
En estos cortos pero intensos dos años,
la Pasión de Zamora lo ha conseguido.
Ha sabido hacer el camino al andar y que
cada mañana cientos de zamoranos
de aquí y de allí tecleen
lapasiondezamora.com nada más
encender el ordenador, porque gracias a
las noticias, entrevistas, reportajes y
a los servicios de valor añadido,
la curiosidad de quien compra un diario
todas las mañanas se mantiene latente
en la web.
Y es que cada día, más cofrades
pasan a formar parte de esta ya hoy gran
familia, con sus opiniones, con sus comentarios,
fotografías...

Dos traslados, de ver al mozo pasar el Puente
de Piedra, dos Viernes de Dolores, de incienso
y tañido de campanil, de estameña
y cogulla monacal. Dos Sábados de
Dolores, de blanco y puro, de luz y vida.
Dos años de entrada triunfal, de
raso fucsia y niños con palmas, de
cornetas y tambores que avisan, que nos
recuerdan a nuestros años niños,
a los años que impacientes esperábamos
en las aceras y en los que nos daba un vuelco
el corazón con el primer redoble
de tambor que escuchábamos. Dos ocasiones
en las que la Madre se despide del Hijo,
que lo ve caer por tercera vez, amargura
de la tarde noche del Lunes Santo. Por dos
veces las teas que iluminan Balborraz, el
gregoriano que envuelve Santa Lucía
y el Padre, con rostro dulce, nos encoge
el corazón. Y dos son las veces que
los pelos como escarpias se nos ponen a
los primeros sones de Nazareno de San Frontis,
y detrás, su Madre. Esperanza preciosa
que anda como una zamorana más entre
la gente que la arropa por la rúa.
Y por dos veces, el Cristo de la Expiación,
pana verde de reivindicación, palabras
que nos recuerdan como Jesús se redimió
por nosotros, por todos, por todas.
Y por dos veces silencio, silencio e incienso,
silencio bajo juramento ante el Señor
de Zamora. Dos tardes de Miércoles
Santo, punto de inflexión en nuestra
Semana Santa. Y por dos veces, la Madre
cruza de nuevo el punte, pasa el Duero,
con esperanza. Mañana de contrastes,
de rasos verdes y blancos, de negro luto,
de mantilla y peineta. Y dos tardes terciopelo
morado, y la cruz, la cena, dos veces Judas
que besa al maestro, dos veces lo prenden,
lo sentencian. Ya, con el sol recogido y
ante la oscuridad de la noche, de nuevo
el padre, yacente, muriendo por nosotros,
y lo recordamos a nuestra manera, pidiendo
misericordia, mi bien, mi dios, mi amor.

Cinco de la madrugada, dos ocasiones escuchando
el aviso de la corneta y el tambor destemplado,
dos veces el Merlú. Dos veces Congregación.
Y es entonces cuando Zamora entera se viste
de luto, Viernes Santo, en la mañana.
Jesús es conducido al calvario y
detrás las Marías, y la Verónica
con cara desangelada de ver el rostro del
padre. Y dos veces el drama. Despojado de
sus vestiduras, crucificado y elevado en
la cruz. Y la madre detrás, con el
rostro sereno, resignada. En la tarde Cristo
es enterrado, con todos los honores en Zamora,
en su sepulcro. La tarde del viernes santo
se viste de gala para acompañar al
cortejo fúnebre. De manera solemne
el padre es sepultado.
Y por dos veces con la mano en alto, Nuestra
Madre nos arrebata una lágrima que
resbala por la mejilla de más de
uno, de más de una. Y es que detrás
del todavía Crucificado Hijo, su
Madre, lo sostiene en su regazo, y lo mira,
no encuentra explicación.
Y de nuevo por dos veces ella, de la manera
más sencilla, regresa entre todas
las mujeres, ellas la arropan ante tanto
desconsuelo. Dos veces Sábado Santo.
Dos veces Soledad.
Y en dos ocasiones acompañamos, unos,
a la Madre todavía de luto, otros
al Hijo. Unos, con las cornetas y tambores
que avisan, con dolor de una madre. Otros,
al compás de la flauta y del tamboril
anunciando que resucitó. ¡Aleluya!
Y por dos veces salvas, por dos veces resurrección.
Dos Semanas Santas apasionadas, intensas,
como sólo nosotros las vivimos. Entra
el zorro en Santa Maria de la Horta y miramos
atrás, recordamos los días
pasados y empezamos, de nuevo, la cuenta
atrás. Pero entre una y otra, ¿qué
nos queda? Nos queda el punto de encuentro,
nos queda vivir la Semana Santa todo el
año. Gracias Javi, nos queda www.lapasiondezamora.com.
* editor
de la Revista "Zamora Cofrade"
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