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Cuando
tu calendario personal (atardeceres, resfriados,
compromisos) coincide casi exactamente con
el de la Semana Santa, está claro
que has contraído un virus importante
y que posiblemente convives con él
desde hace mucho tiempo. Normalmente tus
padres te inscriben en una cofradía
nada más nacer, antes incluso que
en el Registro Civil, a finales de febrero
los olores habituales se confunden con el
del alcanfor que desprenden las túnicas
cuando se sacan de sus cajas para ponerlas
a orear, y el trasiego doméstico
y callejero, en fin, quiere un ritmo mayor.
Creciente. Se discute en los cafés,
se corre a inscribirse como hermano de paso
en una tienda de tejidos, se repasan los
desperfectos de una mesa o el desgarrón
de un manto y se vuelve a opinar, a decidir
y, algunas veces, a rezar.
A mí todo eso me pilló a distancia,
vía oral y, sobre todo, vía
sentimental. Nací a setecientos kilómetros
de Zamora pero también me acunaron
con la Marcha de Thalberg, apenas susurrada,
me inscribieron en "la cofradía
de la mañana" (siempre la llamamos
así) y consumí mi niñez
jugando por el pasillo de casa a procesiones:
mi hermana pequeña era La Verónica,
con una servilleta entre las manos, y yo,
claro está, uno de los sayones del
Cinco de Copas señalando con el dedo
enhiesto hacia la cocina: el camino del
Calvario. La casa se ponía en marcha
después de Navidad y empezaban a
llegar unos escuetos boletines de las cofradías
y lejanas noticias de cambios y mejoras
desde las escasas páginas de "El
Correo de Zamora" que siempre llegaba
dos días después. Y cada año,
a la luz de la primera luna de primavera,
volvíamos a Zamora tras un largo
y farragoso viaje, con el corazón
en un puño y los ojos bien abiertos
hasta alcanzar a oler el fantástico
perfume de las galletas de la fábrica
de Reglero y sentir el frío, un frío
distinto, sobre todo en la cabeza.
Han pasado muchos años y una pasión
se encabalga sobre la otra. Hace tres meses
aterricé en la página de
La Pasión de Zamora tras varios
coqueteos anteriores. Y empecé a
visitarla cada día, a opinar tímidamente,
y entonces volvió a entrar toda Zamora,
de repente y con más intensidad que
nunca, en mi casa mediterránea. El
Puente de Piedra o las manos de La Soledad,
en esa foto magnífica, han pasado
a ser fondos de pantalla, estoy elaborando
un álbum de fotos, una carpeta de
vídeos e incluso un archivo sonoro.
Empiezo de nuevo a rebuscar en los archivos
familiares y voy encontrando un poco de
todo: una grabación de los primeros
sesenta del bombardino de Las Capas, una
colección de carteles de los años
cuarenta, publicidad de conservas cuaresmales
(pimientos morrones, sardinillas, ventresca
de bonito) de los años veinte, manuscritos
de pregones felizmente pronunciados y borradores
de otros inéditos, copias mecanografiadas
de artículos periodísticos,
cartas del Obispado, de la Junta de Semana
Santa, de las presidencias de las cofradías,
fotos del Juramento, de la Reverencia, de
la antigua panera de San Juan, del señor
Obispo merendando en el claustro de la Catedral
o de la Virgen de las Espadas algo ladeada
de más al salir de San Vicente.
He vuelto a convivir con los fantasmas,
felices fantasmas familiares, al son de
Las Tres Cruces, me espabilo, es un decir,
con el Merlú y he conseguido una
receta aproximada de las aceitadas para
las meriendas de los domingos. Gracias a
vosotros me he vuelto a encontrar en una
casa ya perdida de la calle de la Renova,
antes Ramón y Cajal, he vuelto a
triscar por Valorio, a tomar el aperitivo
en el Casino, a comer en Casa Pozo y a rezar
con las monjas del Tránsito. Desde
hace más de quince años no
he vivido la Semana Santa en Zamora. Quizás
es que no me he atrevido a volver, seguramente,
porque me daban miedo los recuerdos. Ahora
los estoy ordenando, poco a poco, y estoy
volviendo a darles su color y su sonido.
A ponerlos al día. Esta pantalla
me da todo menos el olor. Y os envidio por
ello. Por poderlo tener sin salir de casa.
* hijo
de D. Anselmo Allué (pregonero, directivo
y entusiasta de la Semana Santa de Zamora)
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