Pasión por Pasión
Cuando tu calendario personal (atardeceres, resfriados, compromisos) coincide casi exactamente con el de la Semana Santa, está claro que has contraído un virus importante y que posiblemente convives con él desde hace mucho tiempo.
por Manuel Allué*

Cuando tu calendario personal (atardeceres, resfriados, compromisos) coincide casi exactamente con el de la Semana Santa, está claro que has contraído un virus importante y que posiblemente convives con él desde hace mucho tiempo. Normalmente tus padres te inscriben en una cofradía nada más nacer, antes incluso que en el Registro Civil, a finales de febrero los olores habituales se confunden con el del alcanfor que desprenden las túnicas cuando se sacan de sus cajas para ponerlas a orear, y el trasiego doméstico y callejero, en fin, quiere un ritmo mayor. Creciente. Se discute en los cafés, se corre a inscribirse como hermano de paso en una tienda de tejidos, se repasan los desperfectos de una mesa o el desgarrón de un manto y se vuelve a opinar, a decidir y, algunas veces, a rezar.

A mí todo eso me pilló a distancia, vía oral y, sobre todo, vía sentimental. Nací a setecientos kilómetros de Zamora pero también me acunaron con la Marcha de Thalberg, apenas susurrada, me inscribieron en "la cofradía de la mañana" (siempre la llamamos así) y consumí mi niñez jugando por el pasillo de casa a procesiones: mi hermana pequeña era La Verónica, con una servilleta entre las manos, y yo, claro está, uno de los sayones del Cinco de Copas señalando con el dedo enhiesto hacia la cocina: el camino del Calvario. La casa se ponía en marcha después de Navidad y empezaban a llegar unos escuetos boletines de las cofradías y lejanas noticias de cambios y mejoras desde las escasas páginas de "El Correo de Zamora" que siempre llegaba dos días después. Y cada año, a la luz de la primera luna de primavera, volvíamos a Zamora tras un largo y farragoso viaje, con el corazón en un puño y los ojos bien abiertos hasta alcanzar a oler el fantástico perfume de las galletas de la fábrica de Reglero y sentir el frío, un frío distinto, sobre todo en la cabeza.

Han pasado muchos años y una pasión se encabalga sobre la otra. Hace tres meses aterricé en la página de La Pasión de Zamora tras varios coqueteos anteriores. Y empecé a visitarla cada día, a opinar tímidamente, y entonces volvió a entrar toda Zamora, de repente y con más intensidad que nunca, en mi casa mediterránea. El Puente de Piedra o las manos de La Soledad, en esa foto magnífica, han pasado a ser fondos de pantalla, estoy elaborando un álbum de fotos, una carpeta de vídeos e incluso un archivo sonoro. Empiezo de nuevo a rebuscar en los archivos familiares y voy encontrando un poco de todo: una grabación de los primeros sesenta del bombardino de Las Capas, una colección de carteles de los años cuarenta, publicidad de conservas cuaresmales (pimientos morrones, sardinillas, ventresca de bonito) de los años veinte, manuscritos de pregones felizmente pronunciados y borradores de otros inéditos, copias mecanografiadas de artículos periodísticos, cartas del Obispado, de la Junta de Semana Santa, de las presidencias de las cofradías, fotos del Juramento, de la Reverencia, de la antigua panera de San Juan, del señor Obispo merendando en el claustro de la Catedral o de la Virgen de las Espadas algo ladeada de más al salir de San Vicente.

He vuelto a convivir con los fantasmas, felices fantasmas familiares, al son de Las Tres Cruces, me espabilo, es un decir, con el Merlú y he conseguido una receta aproximada de las aceitadas para las meriendas de los domingos. Gracias a vosotros me he vuelto a encontrar en una casa ya perdida de la calle de la Renova, antes Ramón y Cajal, he vuelto a triscar por Valorio, a tomar el aperitivo en el Casino, a comer en Casa Pozo y a rezar con las monjas del Tránsito. Desde hace más de quince años no he vivido la Semana Santa en Zamora. Quizás es que no me he atrevido a volver, seguramente, porque me daban miedo los recuerdos. Ahora los estoy ordenando, poco a poco, y estoy volviendo a darles su color y su sonido. A ponerlos al día. Esta pantalla me da todo menos el olor. Y os envidio por ello. Por poderlo tener sin salir de casa.

* hijo de D. Anselmo Allué (pregonero, directivo y entusiasta de la Semana Santa de Zamora)



¿sabías que...

El Cristo de la Buena Muerte es conocido también como de Santiago, por venerarse en la Iglesia de Santiago el Burgo desde 1855 hasta que fue trasladado a San Vicente.




2º puesto en los Premios Internet 2006 de la Junta de Castilla y León (Modalidad Iniciativa)





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Javier García Martín