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¿Qué es esto
a lo que llamamos La Pasión de Zamora?
¿Qué significa para que tres
centenas de personas, más los muchos
visitantes que entran, hayan mantenido a
La Pasión como un referente de la
Semana Santa de Zamora? La clave, está
en dos años cofrades, en dos años
de Pasión, de Semana Santa, de Cruz,
de terciopelo, de faroles y de música.
¿Qué son dos años de
Semana Santa? Son dos Cuaresmas, llenas
de ilusión y espera; son dos Viernes
Santo, de luto y solemnidad, son dos Domingos
de Ramos, de Resurrección, de alegría
contenida y varas floridas, son dos
¿qué decir? Es respirar profundo
para creérselo, alargar la mano para
tocar un sueño que se va y se nos
deshace entre las manos
Es mirar varias
veces hacia San Frontis, y ver al Nazareno
andar poquito a poquito hacia la ciudad,
dejando sus huertos atrás. Son dos,
son varias las subidas al Calvario en un
Miércoles Santo, donde el verbo calla,
la vida muere y el inocente paga por nuestros
pecados. Es subir, en repetidas ocasiones,
a esa cruz de plata y una mujer nazarena
sentada, que parece una reina y es una madre,
elevando su mano para pedir, para amar,
para dar la última caricia que no
pudo dar al hijo que muerto está
entre sus brazos. Dos veces ocurrió,
y cientos se repitieron, con la firme esperanza
que muchas más ocurrirán.
¿Esperanza? Esperanza de cielo estrellado,
de lágrimas de río, de puente,
de peineta y mantilla, de dulces resplandores
de agua, de pena dominica y dueña
de cielos y tierra.

¿Qué son dos años de
pasión, de calvario, de pérdida,
de cruz y de lágrimas? Es la encarnación
del dolor y de la amargura, pero también
del triunfo y de la victoria. ¿Amargura?
Amargura lenta que alza la mano para pedir
lo que le quitaron, pero no grita, no exige
.
Ella es la esclava, ella ruega y asiente,
aunque sea entre lágrimas, siempre
arropada entre encajes de amor. Por eso,
ha dejado una mano como mirando a la tierra,
porque sabe, porque intuye, que su hijo
Caído la necesita, y en esa imagen
maternal, todos en ella, todos con ella,
¡cirinea del amor! ¿Dolor?
Dolor de madre, dolor de jueves, de dos
tardes sacramentales, de olivos y trigales,
de traición, azotes y desconsuelo,
de palomas heridas al vuelo, de historia,
de piedra
en fin, Madre Dolorosa del
Calvario, de manos alzadas suplicantes al
cielo, dos veces te vimos, dos veces te
amamos.
¿Qué son dos años para
un cofrade? Es un bis perfecto,
igual, eterno, en el que nada falta. Es
ponerse una y otra vez el mismo caperuz
de la vida, para morir y revivir en esa
cruz que vivifica, en el cual los tiempos
antiguos renacen en nosotros, y que hace
patente el Espíritu de un Dios de
arrabal y abadía. Es volver a elevar
sobre nuestros hombros a ese cristo inclinado,
suspendido en el aire, agarrado al mundo
por una soga y unos hombres, que más
que ojos, les falta corazón. Es llevar
al cielo a esa virgen triste y enlutada,
tan sola, tan llorosa, y hacerla andar sin
estridencias ni bailes, para que siga con
su eterna melodía, tan zamorana,
tan madre, tan humana, guardando entre sus
manos, el secreto de un amor, ¡blancas
palomas de fino marfil! ¡Qué
bien te cantó el poeta!
Es una y otra vez cubrir
nuestras cabezas con esas capuchas hiladas
por manos vírgenes, en las cuales
la luz y la vida nos amparan, y nos acercan
a una muerte, que por ser, no deja de ser
buena y expiatoria. Y cuando no nos demos
cuenta, ya habrá vuelto ese Cristo
que camina a la altura del corazón,
para tocarlos con esos dedos dulcemente
extendidos, dulcemente contraídos,
para que veamos su dolor, y en él,
su sacrifico. Un amigo lo abandonó,
y con sus labios secos, año tras
año nos pregunta, ¿y vosotros?
¿También queréis iros?
¿Cuánto son dos años
para un apasionado? ¿Dos ilusiones?
¿Dos esperas? Y al final, la gloria,
el silencio bajo el caperuz, bajo la mantilla,
la dulce marcha de la Banda, a un mismo
ritmo, a un mismo sentir.
¿Qué son dos años de
escribir sobre Semana Santa, de participar
y debatir? Es mostrar tu corazón,
tus vivencias, tus amores, en un acto de
generosidad y entrega, sabiendo que lo que
das, lo recibes. Es sentarse a la vera de
la Cruz del Buen Pastor, para llorar y ser
consolado, y después, como impulsados
por ese Jesús Doliente, proclamarlo
con mil palabras. Es compartir con otros,
que llevando tu mismo caperuz, o diferente,
o que ni siquiera lo llevan, el ritmo apasionado
de tu corazón. Es escribir, y sin
darte cuenta, has creado poesía,
un sencillo verso que encierra todas las
emociones de un Viernes Santo. Es sentirse
una pieza del entramado centenario de la
Pasión, sabiendo, que lo que es hoy,
fue ayer y será mañana, porque
una multitud de gentes supieron traspasar
la luminosa antorcha de la tradición.
Que alguien que dijo ¡mi cristo!,
le enseñó a otro decir ¡mi
virgen!, y quien lloró de rodillas
ante la soledad de María, le enseñó
a otro a callar emocionado ante ese Cristo
que en agonía, clama sus siete palabras.
En Semana Santa, quien es maestro, es también
alumno, quien sirve, también es servido,
porque a imagen del Señor, todos
los cofrades se hacen uno. Y al final, todos
los corazones, laten al mismo impulso, y
la oración, se convierte en la dulce
fragancia de las flores que una humilde
mujer deja a los pies de su cristo, o en
el dolor, amargo y sentido, del cargador
que sufre al llevar a su virgen o en los
ojos vidriosos, que tantas cosas han visto
y tantas semanas, que llamamos santas, del
anciano que llora a su Nazareno por la pérdida
de su amada.
Sea como sea, estos sentimientos u otros,
se reflejan en dos años de La Pasión
de Zamora. ¡Dos años! Parece
mentira
Dos años de palabras,
unas agradables y otras no tanto, de amores
hechos palabras, de procesiones que nunca
se guardan, de caperuces de naftalina, de
cruces bien alzadas, en fin, un desfile
que comenzó hace dos años
y que todavía hoy sigue en las calles
y en los corazones de muchos zamoranos.
Felicidades a todos, amigos y hermanos.
Y gracias por la oportunidad.
* visitante
y colaborador de La Pasión de Zamora
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